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Pregon 2010
Escrito por Administrator   

 

Si quieres leer el pregon de la semana santa de Lebrija de este año 2010, solo tienes que pulsar AQUI para descargartelo o bien leerlo a continuación:


PRESENTACIÓN DEL PREGONERO

“Pero nosotros tenemos motivos para dar continuamente gracias a Dios por Adrián, hermanos queridos por el Señor, pues Dios nos ha elegido para que seamos los primeros en salvarnos por medio del Espíritu que nos consagra y de la verdad en que creemos. A eso precisamente nos  ha llamado Dios por medio del evangelio que nos has anunciado, Adrián: a que alcancemos la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, hermanos, permaneced firmes y guardad las tradiciones que os hemos enseñado de palabra y por escrito.”

Aquí os presento a Adrián, apóstol de Jesucristo, según el mandato de Dios, nuestro Salvador, y de Jesús, nuestra esperanza. A la ciudad de Lebrija y sus buenas gentes, verdaderos hijos en la fe: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.

Mi queridísimo Adrián, párroco de Nuestra Señora de la Oliva y Director Espiritual de quien nos convoca: ¡Alabado sea Dios!

Don Alexander, Vicario parroquial de la Oliva y Párroco de Jesús de Nazaret,   Excelentísima señora Alcaldesa de Lebrija,  Señor Presidente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías, Señor Hermano Mayor de la Borriquita y dignísimas autoridades religiosas y civiles, hermanos en Cristo  Resucitado de entre los muertos, elegidos por Dios Padre para el cumplimiento de sus promesas de vida eterna y regidos por Dios Espíritu Santo en el camino hacia la plenitud del Amor. Mi Lebrija:  Paz y Bien.

    Vive y agita el silencio vespertino la cuna de un niño, nacido en Sevilla en el año de nuestro Señor de 1972, un 6 del corriente,  duerme en brazos de su abuela en el Patio de Banderas, a la sombra del hierático dinamismo de la señora madre de todas las atalayas del mundo: la Giralda.  Corrían aires cuaresmales de primavera, el niño Adrián sin ser consciente, respiraba la tenue brizna de azahar del naranjal del peristilo del Real Alcázar, y se quedó impregnado del olor del incienso que un monaguillo de la Catedral  le infirió, cuando pasó por la ventana  de la que primorosamente le acunaba, al compás de una saeta silenciosa por martinete.

    En el cauce vigoroso de su vida, desarrollada fundamentalmente en Bormujos, encuentra querencias en Morón de la Frontera, los Palacios y Villafranca, y de nuevo, Sevilla. Y va creciendo en gracia, sabiduría y estatura ante Dios y ante los hombres. Cursa los estudios de secundaria en el Instituto de San Isidoro de Sevilla: de San Isidoro, ese adalid de la cultura, la filosofía y el conocimiento occidental, del que  puede hablaros Adrián concienzudamente,  pues vivió durante 6 años en el Seminario que lleva por titular al doctor hispalense,  convirtiéndose en auténtica casa  sapiencial.


    Transversalmente, Adrián gastó su infancia en el “scoultismo” católico, del que tiene la honrosa virtualidad de haber pasado por toda sus ramas.  De él ha asumido valores tan importantes como el respeto a la naturaleza, a compartir en la escasez y la abundancia, a ser un gran estratega y programador, la sana competitividad y un férreo espíritu de superación, pero sobre todo, el valor universal de la fraternidad.

    En 1990 inicia los estudios de Derecho en la Universidad Hispalense, no podía ser  de otra forma, antes que cura, abogado. A partir del tercer año simultáneo sus estudios con el trabajo como ejecutivo externo en el Banco de Santander, donde durante unos años ejerce como promotor de campañas. ¡Qué buen comercial ha sido siempre!

    Su vida cofrade corre en paralelo. Con menos de un año su abuela Pepa, fundadora de la Hermandad del Rocío de Sevilla en la calle Santiago, le inscribe como hermano, siendo la primera cofradía en la que viste el hábito nazareno: blanco y verde. Posteriormente y por tradición familiar se hizo hermano de la Hermandad del Silencio, en la que procesionó sirviendo como hermano de luz, cirial, pertiguero, vistiendo la casaca el Jueves Santo y en la procesión del Corpus, acompañando a la Inmaculada. Perteneció a las juventudes de esta hermandad y como buen joven cofrade ayudó a limpiar la plata, al montaje de las candelerías y a las otras muchas tareas que estos ángeles realizan ayudando a los piostres, haciéndose un profundo conocedor de las tradiciones de la Semana Magna sevillana.

    Adrián José Ríos Bailón es un elegido de Dios, en el seno de una familia sevillana fundada por don Adrián, hombre serio, cabal, responsable y poeta  y doña Cecilia, toda gracia, toda simpatía , toda viveza  y sus tres hermanos:  Hugo, Javi y  la pequeña Cecilia.

 Pueblo suyo y objeto de su amor, revestido de misericordia y de compasión, de bondad, de generosidad, de un profundo amor a Cristo en los jóvenes y en los pobres, en los presos y en los marginados:

        En el alféizar de su corazón
        de donde brotan sus promesas acuñadas,
        florece todos los días incardinadas
        el fino amor del ministerio sin armazón.

        Vida en profundidad de mirar cierto,
        antesala del futuro que en presente a Dios pare,
        en la mesa de la Palabra y la Eucaristía contare
        mil azañas de vidas acompañadas con acierto.

        De pureza y servicio revestido
        en cabeza de la Iglesia, con  Cristo configurado
        vidas, personas y experiencias misionado
        soledad y frustración en Esperanza convertido.

        Rumosa llegada y frondosidad de fe entregada
        custodio de la intimidad y del encuentro
        sacramentos en Sacramento de Caridad centro
        de una vocación “ab vitam aeternam ” cultivada.

Hoy, les presento a un sacerdote que cuenta con el epíteto de pregonero. Es del todo punto indisociable de su configuración personal:  ser un hombre ordenado, a tenor de la Iglesia, para la querencia de Dios en su pueblo.

Adrián es un perfecto comunicador, un hombre bueno, leal, alegre. Es un hombre hecho para el servicio y para la Palabra, un hombre de Acción de Gracias, un hombre de guitarra y de croquetas, de siesta y de trabajo infatigable, aficionado a los toros, a la música, a las veladas con los amigos, a los monasterios y a la gente; es un hombre de Semana Santa:

-     Un hombre del Domingo de Ramos por ser profundamente querido y recordado allá donde va, verbi gracia, confróntense sus afectos en Villamanrique de la Condesa, en Lora del Río, en Marismillas y los poblados del entorno y muy gitanamente en Lebrija.

-    Es un hombre del Lunes Santo, pues busca el recogimiento y la oración y es fiel seguidor de Cristo en todo el dolor de su humanidad, y que ve reflejado, cual buen samaritano, en los más humildes.


-    Es un hombre del Martes Santo, de profunda y continua oración, que busca y ayuda a buscar a  muchos otros, momentos de encuentro con Dios, que les sirvan de acicate para las “muertes”, a las que estamos todos llamados. Es un hombre de Transfiguración. Es un hombre de sigilo sacerdotal y de misa crismal.

-    Es un hombre del Miércoles Santo, como san Juan, profundamente ligado a la juventud, de la que es Delegado Episcopal en nuestra Diócesis, y amante de la actitud serena y humilde ante la vida. Pero también es un hombre lleno de humanidad, conocedor de las profundas raíces psicológicas y sociológicas del hombre de nuestro tiempo.


-    Es un hombre del Jueves Santo, que se ofrece como oblación de caridad fraterna. Que besa los pies del que está en situación de debilidad, que se hace deudor de los que necesitan un empujoncito especial: es un hombre de silla de ruedas, de FRATER,  que preside la mesa de “pecadores y publicanos”, que es sacerdote según el rito del Melquisedec.

-    Es un hombre de la “madrugá”, siendo consciente que la noche es tiempo de salvación y que la salvación si es nocturna, a él desde luego, le va a “pillar” durmiendo. Es un hombre de sueños y de cansancio, y sueña y se cansa para que otros descansen.


-    Es un hombre de Viernes Santo, de Luz y de Cruz, de compañía  y de soledades, de sol y de luna, de algarabía y de silencios y del Silencio. De postración ante el Sacramento de la Cruz y de los cruces que se postran en el Patio de los Naranjos, ¡Qué precioso sagrario al que va a comulgar la Madre,  la Reserva hecho leño caído, la tardenoche del Viernes Santo!

-    Es un hombre del Sábado Santo, de esperanza profunda y de apasionamiento de los que está por llegar, es vehemente y limpio de intención. Es un hombre de Nazaret y de la Oliva. Es un hombre de comunión.


-    Pero es un hombre del Domingo, de la Pascua, de la Vida, de la Resurrección. Es casi trasparente, como el sol cuando raya, al alba, el cerro de San Benito y nos anuncia, con alegría desbordante, que todo tiene un sentido.

-    Es un hombre de llamada y de llamadas:
    De la llamada a la llamada del costalero,
    de la llamada a la del martillo imprecado,
    de la llamada al sirviente de la luz postrimero
    de la llamada al capataz en “do” rezuma entregado.
    de la llamada de un sutil vocacionado,
    a la llamada del joven que confía,
    del orto que amanece ministerio apasionado
    al “Angelus”  que canta las grandezas de María.


Y Lebrija, y su Semana Santa… ni mejor ni peor; estamos en Lebrija y es Semana Santa…

Querido Adrián, te habrás dado cuenta como esta bendita tierra, esta tierra santa , esta Jerusalén celeste y blanca,  te ha impregnado de su identidad:  sin rmenoscabar  tu celibato, se ha ennoviado contigo.  Relación ontológica que  toma de:

La albariza y de los meandros del Guadalquivir por la Señuela,
de los cántaros y  las macetas de barro de las que cuelgan gitanillas y claveles , 
del olvido y la memoria de una historia que contempla 8000 años de atardeceres,
de bodegas y de viñas, de arte encerrado en una “callijuela” empedrada,
de Castillos y Benitos, del aire fino de la marisma, que liviana, entretelada
con la juncia y el romero, mata el hambre de trabajo  extasiada,
que en la rosas de los vientos, en la torre, vive con vida exaltada.
A Lebrija te presento formalmente, y en romance a la Oliva yo te entrego:
pregonero de las calas de naranjos,
pregonero de  los pasos que en letargo
gozan de un espera que de hartazgo,
compasean en sinfonía de palios.
Pregonero y sacerdote, que de enjundia y mecenazgo,
hace que de la piedra inerte agua brote,
para que el costalero de la vida en digno dote
convierta su “chicotá” al Divino Patronazgo.
De la mano os tomáis cual pareja
 en  aristócrata y altanera Corredera de noviazgo,
pregonero y pregonada, Adrián y Semana Santa,
apóstol y bien amada, hombre leal y novia enamorada,
matrimonio que en Cristo, su norte genera a bocanada,
aquí tu niño Adrián te desvelará ensalzada,
aquí Lebrija, que tú cantarás crucificada y resucitada.


 

PREGÓN 2010


PÓRTICO

Jerusalén, ciudad elegida por Cristo para acoger su Pasión, te conviertes por unos días en el centro de la humanidad, donde todo el mundo vuelve a casa para celebrar la Pascua. Tus calles  son hervideros de personas que lucen sus mejores galas, de puestos ambulantes, de niños que corretean, de naranjos en flor que impregnan un ambiente que marca carácter, que anuncia una tradición.

Jerusalén, vértice del Monte Sión, eres capaz de acoger lo mejor y lo peor de este pueblo que camina al paso del Redentor, capaz de acrecentar olivos que dieran nombre a una Virgen que es la imagen de mi devoción. Capaz de confundir Lebrija en su Semana Mayor. Sí, de confundir mi pueblo. Porque, en estos días que se avecinan, Lebrija es Jerusalén, y Jerusalén, Lebrija. La Corredera es Vía Sacra donde poder contemplar los Misterios Sagrados de la Pasión del Señor; la Plaza, explanada del Templo que un día soñara el sabio Salomón; y un aroma de incienso y azahar envuelve en recuerdos de niño este diorama de Pasión.

Jerusalén, que presientes la muerte del Redentor. Lebrija, que encalas tus fachadas en recuerdo de su Resurrección.

¡Ya llega la Semana Santa!! Ya, la Semana Mayor!

¡Portones!, alzad los dinteles.
Que se alcen las antiguas compuertas.
Va a entrar el Rey de la gloria.

Viene  en una borriquita:
Pregonando cómo es su realeza y poderío.     
Rompiendo como el azahar de su patios. 
Abriendo su Semana Mayor,
nuestra Semana Santa Lebrijana.

Pregonero de  Pasión       
que ya anuncias tu destino,     
llévame por buen camino
y dame tu bendición;
porque este tu sacerdote   
tiene una noble misión:                       
La de cantar tus dolores
que trajeron redención.

¡Portones!, alzad los dinteles.
Que se alcen las antiguas compuertas.
Va a entrar el Rey de la gloria

¿Quién ese rey de la gloria?
Es el Señor de la Borriquita.
Él es el Rey de la gloria


 A MODO DE PRESENTACIÓN

Rvmo. Sr. Vicario Episcopal; Ilma. Sra. Alcaldesa del Excmo. Ayuntamiento de Lebrija; Sr. Presidente del Consejo de Cofradías y Hermandades de Lebrija; autoridades civiles, hermanos sacerdotes; cofrades y cristianos.

Doy las gracias a quienes pensaron en mí para este acto tan importante en la vida sagrada y cultural de nuestro pueblo. A pesar de resistirme en un primer momento, como el profeta, ha sido el Señor el que ha puesto palabras que brotan del corazón de este cura ya lebrijano, no de nacimiento, sino del sentir. Porque si son los sentimientos los que guían el corazón, el mío tiene forma de torre, de castillo y de alfarero, late a compás de bulería  y conoce las calles y los motes de  sus familias vecinas.

Y este corazón, de sentimientos lebrijanos, quiere abrirse a su pueblo y compartir lo más sagrado que tiene, su tesoro: su fe. Fe en el Señor que se adueña de nuestras calles cuando llega la primavera, mostrando sus llagas en la Semana Mayor, su amor desbordante por cada uno de nosotros, su opción por la humanidad por encima de todo.

Llegué a Lebrija enamorado de mi Dios, y me enamoré también de su gente, de la sencillez de Nazaret y del calor compartido en La Oliva

Luego vinieron los buenos y los malos ratos, que de todo ha habido, pero siempre bajo el ala de mi Dios y la protección de mi Patrona, la Virgen del Castillo.

Por eso, no pude negarme ante el ofrecimiento de este Pregón.

Quien se presenta ante vosotros, quizá no esté dotado del don de la elocuencia ni tenga el verbo necesario para que vuestros sentimientos cofrades se desborden como el choque de las olas contra las rocas.

Pero quiero tanto a mi Dios  que no pude resistirme ante el bello anuncio de la Pasión de su Hijo. Porque tiene tanto contenido su entrega, su sufrimiento y hasta su sublime muerte por nosotros, que no hay razón en el mundo para que un sevillano, que no es de Lebrija, no se viva lebrijano, que sí es de Sevilla, para anunciarle a mi querido pueblo LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN LEBRIJA.

Yo he tenido el sublime privilegio de nacer en una familia de tradiciones cofrades, amante de la Semana Santa. He sido hasta un poco repelente en el saber cofradiero (desde muy temprana edad decía la gente: “ojú, lo que sabe este niño”); y por ende desde muy pequeño me empecé a introducir en el mundillo de la limpieza de candelerías, varales y respiraderos, que siempre terminaba la jornada de trabajo con un papelón de “pescaito” frito en la casa hermandad.

Y como en el vestirnos de todo no nos gana nadie, ahí me veis de librea en el Corpus junto a la Inmaculada; o  custodiando a mis imágenes, ya en los pasos, la mañana del Jueves Santo; o de acólito en la Estación de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Nazareno, y la Virgen de la Concepción, a la Santa Iglesia Catedral. De nazareno, con cirio, o con cruz; de ‘naveta'; o de pertiguero, lo importante era acompañar a mis imágenes por las calles de mi ciudad.

Con catorce años le dije a mi padre que siempre vería la Semana Santa con él. Y  ya ese año la vi con mi gente;… y a mi aire porque no había quien siguiese mi  ritmo.

Comprobaréis a lo largo de este Pregón la feliz convivencia de dos rasgos fundamentales de Adrián: el de los sentimientos y  vivencias  y aquél que, con el fruto de los años y la gracia de Dios, se ha ido situando más en la línea de lo que significa verdaderamente la Pasión del Señor en nuestras vidas. De un modo u otro, el pregonero vibra y se emociona igual que siempre; de manera que todos los años, fiel a las tradiciones, se ve obligado a escaparse también a su Sevilla para recordar  sus añoranzas de niño y rememorar  sus recuerdos del pasado.

Cada pregonero canta su Semana Santa, sus recuerdos, lo que le quedó grabado en la retina.  Y este estrado es el balcón que anuncia lo que se vive y lo que tiene dentro. Por eso eso solo albergo una pretensión: recorrer en vuestra memoria los misterios de la Pasión que contemplamos en nuestras calles, abrir vuestros sentidos para descubrir que ya está cerca, que ya llega, que ya está aquí el Rey de la Gloria para darse por cada uno de nosotros. 

Qué gran lección de amor, Padre
la de entregar a tu Hijo
para salvarnos a todos
y que nos lleve contigo.

Sea  la Trinidad Santa
la que inspire este Pregón.
No sea yo sino su Espíritu    
quien nos cante la Pasión.

Y que, tras esta semblanza
de la Semana Mayor,
concluyamos en Lebrija
con la sublime canción.

¡Qué gran lección de amor, Padre!
¡qué gran lección de amor!



EN LAS VÍSPERAS



Algo está brotando en Lebrija. ¿No lo notáis?

Hace poco, las bombillas alumbraban las calles, y aunque la Navidad fue extraña por las lluvias caídas, el calor del picón  agrupaba alrededor de una “enagua-estufa”  a las familias y a los amigos, para celebrar la venida del Niño Dios.

El ruido de panderetas, zambombas, y cántaros con alpargatas, se ha cambiado por el de los tambores y cornetas en los atardeceres.

Por las ventanas abiertas, de celosías enrejadas, puede verse a las madres que  rematan primorosas las túnicas de sus maridos y de sus hijos.

¡Cuánto buen hacer de nuestras buenas costureras!  De Isabelita Romero, de Pepa Monje, de Frasqui de Salvador, y de tantas mujeres anónimas que entregan su vista y sus espaldas para que todos vayamos “hechos un primor” en los días más importantes de nuestra vida.

En nuestros hornos de barro se cuecen las cántaras para los aguaores de todas las procesiones de la provincia, conseguidas las reivindicaciones de que no  se pierdan  en nuestros pasos las cántaras de Lebrija.

       Mientras, del callejón de las monjas, se  escapa el dulce olor  de los rosquetes. Y en su cocina se anda enmelando torrijas  para que todo esté a punto.  ¡Cuánto sabor dulce ofrecido por el torno de nuestras Madres Concepcionistas, en sus cordiales, sus coronillas o sus amarguillos! ¡Cuánta dulzura también en sus consejos y muestras de cariño a todo aquél que  se acerca a su reja! Quieren dejarlo todo listo la Semana de Pasión, y dedicarse  esos días a limpiar la iglesia, a adornarla de flores, con la ayuda de Pepito “el Peluquero”, para que el Jueves Santo luzca el Monumento en todo su esplendor.

Quién piense que la Semana Santa sólo consiste en ver pasos en la calle está muy equivocado. Todo lo envuelve un ambiente: unas costumbres impregnadas de olores y sabores, de ritos que pasan de padres a hijos. Muchas de esas tradiciones se viven en la Cuaresma, en las vísperas. Sin ellas, nada sería igual.

 En las iglesias, los triduos y quinarios compiten en el montaje de altares clásicos, de largas velas primorosamente colocadas. Al respecto, me gusta siempre compartir una experiencia que seguramente muchos de vosotros habéis vivido en vuestras carnes. Desde que empecé a formar parte de la juventud nazarena de mi Hermandad del Silencio pasé la mayor parte de esos años pegado a la priostía. Llegado el momento previo al quinario a Jesús Nazareno pasaba largos ratos montando el mejor altar para mi Señor: el más alto, el más simétrico, el más solemne. Pero llegados los días de cultos, algunos de  aquellos hermanos, con quienes había compartido esos momentos interminables de montaje, se marchaban al El Serranito de la calle Alfonso XII, o simplemente no aparecían hasta el día de la Función Principal. Eso sí, se pasaban las tardes del Quinario recorriendo altares de otras hermandades para comparar.

¿Qué nos está pasando a los cofrades? ¿No será que, a veces, nos mostramos más como escaparatistas que como cristianos que celebran su fe en torno a la imagen de su devoción? ¿Hay devoción verdadera o hay sólo gusto por la estética?

Quienes pretenden relegar nuestra Semana Mayor a una fiesta de simple interés cultural, y despojarla de su auténtico sentido, apelan a esta serie de actitudes posmodernas y frívolas de aquéllos que se quedan en la instantánea, la marcha de moda o el rostrillo de la Virgen, y no se adentran en el Misterio realmente representa en sus vidas.

Nuestros cultos son una oportunidad que la Iglesia nos ofrece para crecer en la fe, para profundizar en nuestro ser cristiano y cofrade.

Cuando asisto cada año a la Celebración Penitencial de Cuaresma en Santa María de Jesús y contemplo a los distintos grupos parroquiales alrededor de los pasos, ya montados, comprendo la riqueza de la Iglesia de siempre, que acoge a todos los carismas en una comunión por encima de gustos y sensibilidades.

De culto en culto, (triduos, quinarios, funciones,…) llega, casi sin darnos cuenta, el celebrado Pregón. Y pasado éste,  en Lebrija se respira a Semana Santa.

Ya llega la primavera.
La cuaresma ya se agota,
y el naranjo, que se esmera,
entre el verde de sus hojas.

El invierno en su derrota
se ha retirado y sestea.

Es época de ciriales,
del crepitar de la cera,
de cultos, de besamanos,
de papeletas de sitio,
del mucho hacer de Hermandades,
del resonar de trompetas
y redoblar  de tambores,
o de un toque de corneta
al Cristo de sus amores.

De ensayo en trabajaderas 
y de pasos con vasijas
cargadas, a media noche  
discurriendo entre los coches
en mi ciudad de Lebrija.

Época de besamanos
de triduos y de quinarios
de fundir candelerías
y de acabar los bordados
sobre mantos y faldones
de un nuevo paso de palio
con terciopelo morado.

Y de altas cresterías
y cincelados jarrones,
y de dorar los calados
que serán respiraderos
de un Cristo crucificado

Es época de recuerdos,
de añoranzas del pasado
de memorias  de la infancia
de cuando eras aún un niño;
sensaciones de fragancia,
sentimientos de cariño
de esos con hondo calado;  

de familiares queridos
de los que hay tantos recuerdos;
más, en días escogidos.

Ya huele a Semana Santa
y Lebrija se prepara;
los pasos se están montando
la Saeta ya se canta
y hasta ensayar te repara
si a Cristo le estas cantando.

Toca pues mirar al cielo
y confiar con anhelo:
que el sol nos colme de gracia.
y el ángel su luz dirija
para anunciar, otro año:
Semana Santa en Lebrija.



SEPTENARIO DE DOLOR


¡Qué nos gusta a los cofrades que la Cuaresma sea larga!
-¿Pero cómo va a ser eso si siempre son cuarenta días?
- Que sí hombre, que sí. Que yo sé lo que me digo. Que, si cae tarde la Semana Santa, para nosotros, los cofrades,  la Cuaresma es más larga. Y se disfruta más del previo.

    Hasta los niños sacan mejores pasitos porque han tenido más tiempo para prepararlos. La plaza, reconvertida en Carrera oficial infantil, acoge a  esta cantera  que, por las calles, o, como devoción privada en sus casas, monta pasos y altares recreando su Semana Santa.

Pero nuestra Cuaresma tiene un broche sin igual donde la tradición se hace bandera indiscutible: El Septenario de la Hermandad de los Dolores. Aún recuerdo mi primer contacto con esta Hermandad querida, de la mano de dos viejos amigos. Me refiero a Currito Bellido, amigo de muchos años de mis estancias en el Asilo. El otro preside hoy el palco de honor desde el cielo, mi maestro: Manuel Romero Silva, mi abuelo de Lebrija.

 El invierno ya estaba adentrado. La niebla procedente del Guadalquivir inundaba Marismillas, y el escenario parecía escapado de una novela de misterio. Acababa de terminar la misa de diario cuando aparecieron los dos -Currito y Manolo- por la puerta de la Sacristía. Pensé: propuesta al canto…Y, como me figuraba por dónde venían, empecé a elaborar mi respuesta sin escuchar lo que decían.

-Comprended que no puedo dejar tanto tiempo mi Parroquia abandonada; así que me comprometo a predicar tan solo un día de vuestro triduo a Los Dolores.
-¿Triduo? ¡Es un Septenario!- me contestaron al unísono, con un tono hasta ofendido, como si los hubiese rebajado de categoría. Manolo, con su sonrisa picarona, remató:
-Entonces, de siete días, ni hablar ¿no?

Sin embargo, dos años después, Ntro. Padre Jesús Nazareno y María Stma. de los Dolores, me tenían reservado el regalo de presidir su Septenario en mi primera Cuaresma como párroco de Nazaret. Desde ese Viernes de Dolores soy un negrillo más, de los que guardan como un tesoro de niño, en la mesilla de noche, el escapulario que un día recibieron. 

¡Qué hermoso para un pueblo escuchar cada primavera, las coplas que le cantan a su Mater Dolorosa para calmar su pena!   ¡Qué devoción, y cuánta Fe!

¡Cuánta pena, cuánto llanto,
en Ti, Flor de entre las flores!     
¡Cuántas lágrimas y espinas,   
mi Virgen de los Dolores!.

    Qué bonitas las tradiciones, las viejas y las nuevas. Hay que perpetuarlas en hijos, en nietos, en biznietos…Qué hermoso resulta ver en el Septenario a generaciones enteras de familias, y a jóvenes que no van a misa en todo el año, pero su educación les dice que, llegadas estas fechas, tienen que estar presentes ante  la imagen venerada de su Virgen de los Dolores…

    El atrio de San Francisco es punto de encuentro obligado,  antes o después de los cultos del Septenario. Y al entrar en el Templo,  siempre, el bello altar clásico marcando estilo de antaño.

Jóvenes de los Dolores, amigos míos,  hacedles caso a los viejos que no se equivocan nunca; y que no se pierda en vosotros el sello de la Hermandad.

La mañana del Viernes de Dolores es la gran fiesta de la memoria. Niños, con su escapulario al cuello, los mas pequeños de los hermanos, evocan las palabras de Jesús Nazareno “Dejad que los niños se acerquen a mí, pues de  los que son como ellos es el Reino de los cielos”. Ojalá un día pueda sentirme orgulloso de haber sembrado una nueva costumbre en este hermoso día de tradiciones: que el himno a la Virgen sea entonado, en esa mañana de viernes, por los niños a sus pies. No un orgullo de vanagloria, sino una satisfacción de sembrar un nuevo granito de arena en la devoción a nuestra Virgen, tal y como mi amigo Fernando Cano ha inculcado en sus hijas: el amor a la Madre de Dios, ya sea de los Reyes, Macarena, Subterráneo, o Dolores.
         
Y cómo olvidar esa comida de hermandad, donde ahora más que nunca me viene el recuerdo del Tío Manué y su insistencia en lo clásico de ese día: huevos duros y vino negro…
       
Que la alegría y la pena
        se fundan como la cera
        de una vela en su vasija
        para hacer que esta Lebrija
        sienta en su Semana buena
        el latir del pregonero,
que recuerda una presencia:
        la de Manolo Romero


PREGÓN AZUL CIELO



En la mañana del Domingo de Ramos,  la Procesión de Palmas es el mejor pregón de la Semana Santa lebrijana.

Los cantos neocatecumenales, con reminiscencias hebreas, los ramos de olivo y las blancas palmas de Elche comienzan la confusión de si estamos en Lebrija o bien en el Monte Sión.

Es una mañana mágica, para niños y mayores: todo se presiente, todo se intuye; todos miramos al cielo, deseando un cielo que brille.

Cuando el sol da de lleno en la plaza, asoman, por distintas calles, nazarenos de azul y blanco que por distintas calles van buscando la Parroquia para componer las filas.

Mientras, por la calle Naranjos, la gente se arremolina para ver cómo asoma la Semana Santa por esta puerta que, por un momento, se convierte en Pórtico de la Gloria donde alcanzar el jubileo cofrade.

Se abren las dos hojas de la estrecha puerta; comienzan a salir pequeños capirotes, cuya altura es superada por  las palmas que se portan en los primeros tramos.

En la presidencia del paso falta aún el deseado Libro de Reglas, estreno añorado por aquellos que gastan su vida por dar lo mejor a esta Cofradía.

Ya vienen los ciriales, pregoneros de cada paso. ¡Ya sale, ya sale! “¡Los dos costeros por igual a tierra!”, dice Pacote.

Todo comienza contigo, Señor de la Sagrada Entrada, que abres la Semana Mayor por la Puerta de los Naranjos. Entonces, sólo entonces, enjugas tu llanto previo con el calor de tu gente, que bajo las trabajadoras te mecen con sumo cuidado. Abres la Semana grande como yo cierro la Misa: impartiendo la bendición. Bendices cada casa, cada puerta que se abre al paso del Redentor; bendices a cada pequeño, y al corazón de cada mayor.

Bendices las plazoletas,
bendices cada rincón,
que no caiga en saco roto
la paz de tu bendición.
!Señor de la Borriquita,
pregonero de Pasión! 



LA CORREDERA ES HUERTO


Nuestra Semana Mayor vive un salto en la Pasión: de la Sagrada Entrada en Jerusalén pasa al momento de la Oración en el huerto de los olivos, primer Sermón de los cinco que se pronunciaban nuestra antigua Semana Santa lebrijana.

Unción sagrada la de aquella imagen que se bendijo un día entre los muros del monasterio concepcionista. Por eso, los lebrijanos reconocen en Jesús Orando una manera de rezar: sufrida pero confiada, un combate que acaba en obediencia de Aquél que nos muestra la salvación. La Hermandad que lo venera tiene en Jesús su casa y así la cuida, como suya que es. Su Madre la custodia desde el camarín central de su retablo mayor. Entre la pena y la gloria, contempla desde su sede la vida de su parroquia.

    El Cristo de la Buena Muerte a la entrada de la Parroquia cuida a Santa María de Jesús, y ejerce de guardián del templo, recibiendo y despidiendo a los fieles en sus visitas.

Refiere la tradición
-me lo ha contado una niña-
que un escultor conocido
y con mucha devoción
hizo el altar de la Piña
que la Oliva había pedido.

El precio no discutía  
si el trabajo se lo daban.

Hace cuatrocientos años
todo era  diferente
parece que le encargaron
un cristo sin vida, inerte,
con el cuerpo relajado
y con sólo un referente:
Cristo de la Buena Muerte. 

La belleza de la  imagen de Jesús Orando puede llegar a  endulzar la realidad de lo vivido en Getsemaní, junto al molino que tuvo su enclave  en el torrente del Cedrón. 

Jesús ya ha cenado con los Apóstoles. Su venta ya está pactada. Muchas ventanas aún permanecen abiertas, con  sus candiles encendidos, terminándose de celebrar la Pascua. Por la muralla se ve a una muchedumbre que desde los alrededores han venido a la celebración. Hay muchos campamentos salpicados de hogueras. Esta noche en Jerusalén más bien parece lunes de Pentecostés
 
    Contemplamos  en  Jesús orando como un Dios al revés. Un Dios con perfecta humanidad que se rebela frente al sufrimiento  y entra a ciegas en el silencio de Dios, en la noche oscura. Dios no contesta a la súplica de su hijo hasta la Resurrección. Y este Cristo busca la ayuda de los Apóstoles y se queja  cuando los encuentra dormidos.

Llegado el Martes Santo, toda Lebrija es Callejón del Huerto por donde pasa Jesús orando mientras nosotros dormimos. ¿Se puede dormir despierto? Se puede. Así hicieron sus discípulos, y así lo hacemos nosotros. Si así no fuese, ¿a qué tanto pecado de omisión, tanta caridad por hacer, tantos que están pendientes de un perdón?

Los naranjos ya no huelen,
han escondido su flor,
con miedo a que les arranquen  
el fruto de tanto amor.

En el momento del trance,
Jesús se  conforta  en Dios,
lo mismito que a nosotros
nos conviene en su Pasión.

 ¡Cuántas noches oscuras, de martes de todo el año, he retenido tu imagen bendita buscando la fuerza que tú encontraste, para contagiar tu entrega a tantos amigos lebrijanos sumidos en el dolor!.


Nadie comprende tu noche,
nadie quiere tu Pasión,
nadie te desea roto,
nadie. Tampoco yo. 
    


AZOTES

Y de la Oración en el Huerto, al momento de la Flagelación: Jesús atado a la columna sufre azotes de sayones.  Es uno de los momentos más crueles de la Pasión: Para entenderlo, hay que ponerse en el lugar de Jesús. En la televisión vemos que los esposados se tapan su rostro en los juzgados, porque sienten humillación o no quieren someterse a eso. El que es Amor humillado por los azotes no oculta su rostro, te mira, me mira. Y  su mirada refleja la compasión por su pueblo.
 
-“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. 

En el Señor del Castillo vemos un apresamiento. Jesús, envuelto en cuerdas, en sogas, es llevado de casa en casa como si de un bulto se tratase.

 Manos atadas a una columna. Manos atadas, las mismas que en su día bendijeron a niños, alzaron a la mujer adúltera, levantaron muertos, repartieron panes y peces, sanaron a ciegos y compartieron el pan y el vino en la Última Cena. Manos que serán atravesadas muy pronto en la cruz, y que, paradojas de la vida, supondrán la liberación de nuestras ataduras.

Manos que nos recuerdan la situación que deben soportar los padres y las madres de Lebrija que tienen que ir a ver a sus hijos esposados a la prisión de Sevilla II. Y la redención que para los presos supone cada visita, en especial la de su madre.

Aquella  crueldad a Cristo aumenta cuando las ataduras llevan pareja la desnudez,  que en la cultura judía simbolizaba el castigo de Adán y Eva en el Paraíso; y que, en nuestros días sigue mostrando lo vulnerable que es el ser humano.

Desnudo, indefenso, despojado.

Y tras la desnudez, el suplicio de los azotes. La dura realidad presentaba una situación en la que  muchos de los flagelados dejaban la vida.  26 latigazos en la espalda y  13 en el torso, que con los flagelos puntiagudos arrancaban la carne de los castigados.

Pero esta realidad cruda la vemos luego  en una hermosa canastilla, en una bella imagen, con buen exorno floral, en un entorno colorido, con sonidos de cornetas y respaldada por el cariño de su barrio, en la bajada hacia el pueblo o discurrir por el Mantillo.

Tus manos y tu mirada, Señor atado a la columna, me invitan a decir esta plagaria

Mis manos, esas manos y Tus manos
Hacemos este gesto, compartida
la mesa y el destino como hermanos.

Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.
Unidos en el pan los muchos granos
iremos aprendiendo a ser la unida
Cuidad de Dios. Ciudad de hermanos.
 
Comiéndote sabremos ser comida.
El vino de tus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de tu memoria,
marchamos al Castillo haciendo historia,
Atado a la columna de Lebrija.



HE AQUÍ AL HOMBRE


Tras ser azotado, Jesús es presentado al pueblo por Pilatos: “He aquí al hombre”: Ecce-homo. 

¿Habéis visto bien al Cristo de los Gitanos? ¿Habéis contemplado de cerca sus facciones? Yo he visto en ellas el dolor de los presos, las caras de los que, en la escalera de Nazaret, matan su tiempo haciendo lo que no deben; he visto en su rostro la debilidad y la impotencia de los niños de tras la catástrofe de Haití; y la de los que, hundidos en el fango de la droga y el sida, han renunciado a su propia dignidad humana; es tanto su sufrimiento…

Vemos al Ecce-Homo sentado en el pretorio, sometido a un carnaval de sangre…; arrastrado a unas caballerizas del Palacio donde es torturado y humillado, triunfo de juego de dados de los soldados que, con ironía, le  llaman Rey de los judíos; para acabar ciñéndole  una corona de espinas;  y poniéndole una caña como  cetro.  

Y el juego que comienza: unos le gritan,  otros le escupen a modo de unción, todos le desprecian, le aprietan la corona para que se le claven los pinchos;  mientras, Jesús calla, para que se cumpla la profecía  de Isaías: “Fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca”.

He aquí  al hombre-Cristo de los Gitanos.

Decía nuestro querido Juan Pablo II: “quien desee conocer al hombre ha de descubrir el sentido y la raíz de Dios en el Ecce Homo”.  El profundo misterio del hombre: tan vulnerable  pero también tan capaz de crueldad.

Contemplar al Señor burlado y no poner caras concretas a ese rostro es quedarse en un sentimentalismo que no conduce a nada. Pedid a Dios que os conceda ver en el Ecce-homo el rostro de gente que sufre a vuestro alrededor. Eso os moverá las entrañas y os llevará al compromiso. Pedídselo, y dejaos llevar.

A mí me lo concedió un sábado de pasión, contemplando el traslado al paso del Cristo del Calvario en la Iglesia de la Magdalena de Sevilla. En el momento en el que el crucificado pasó  a hombros por mi lado, vi en su rostro la cara de Fermín, un amigo alcohólico al que le daba café, de madrugada, en un soportal de Triana. Estaba ingresado con una cirrosis hepática en “Virgen del Rocío”, y no pude frenar el impulso. Me despedí de mis amigos con una excusa rápida, y me planté en su habitación. Allí estuve,  adorando al crucificado al que dejé camino hacia su paso en la Magdalena. Esa noche, entre risas confidentes y llantos empecé el Domingo de Ramos a los pies de una cama de infecciosos.  ¿Se puede estar más cerca de Dios?

Cada vez que contemplo el Ecce-homo por las calles de Lebrija me vuelve a aflorar en la mente este recuerdo. Y qué especial el discurrir de esta hermandad por las calles de nuestro pueblo…

Por la corredera arriba
a las tres de la mañana
hay sensaciones de ensueño:
Es… como algo especial
que hasta los ojos empaña.
El orden no es lo esencial:
Será imposible el empeño.
Es algo que el pueblo aviva.


Por la Corredera arriba
el Cristo ya se perfila.
Su rostro… es casi humano.
Su andar lo marca el compás
del cante que, tras su paso,
más en barullo que en fila,
los flamencos y sus vivas
a su ‘Dios de los gitanos’
le ofrecen, al cielo raso.

Por la corredera arriba
y ya en busca de su Ermita,
entre naranjos en flor,
fandangos, y bulerías,
Avanza la comitiva. 
el sol aún no da color. 
Sólo la luna ilumina
el romper de esta alegría.

Ya el Cristo de los gitanos
en Belén se ha recogío.
Las voces roncas cansadas
de tanto cante escogío
del flamenco lebrijano
parecen ya más calladas…


Y en el silencio liviano
sólo un  último quejío
desgrana el amanecer.
No es sufrimiento baldío
tu forma de perecer,
mi Cristo de los Gitanos.

    Tras el Ecce-Homo camina la Virgen del Mayor Dolor, la más guapa de Lebrija, y permitidme la licencia. Atrás quedará la imagen que en el monasterio concepcionista vislumbran tras la reja nuestras monjitas de clausura. Atrás quedarán también las palabras del anciano Simeón el día de su Purificación en el Templo: ”Y a ti una espada te atravesará el alma”.
    La noche del Miércoles Santo, María saca su pecho traspasado a nuestras calles para asumir nuestro dolor:

Mayor dolor es tu pena,
mayor dolor traspasado,
mayor dolor la condena
de tus hijos apresados.

Mayor dolor, tus gitanos,
y mayor dolor, tus payos,
mayor dolor es su droga
mayor dolor es su paro.

Madre del Mayor Dolor
de corazón traspasado
quiebra el cante de tus hijos
rompe y enjuga su llanto.

Mayor Dolor de mi virgen
de gitanos y de payos.
Lebrija canta de noche
tu dolor por sus pecados.


CAPILLITAS DE HUMILDAD

¿Os habéis parado a pensar en  la advocación del Señor de la Humildad? Tiene sabor  marinero. Podríamos decir que aunque lebrijano, huele un poco a Triana; quizás también porque la misma brisa y el mismo río lo envuelven… Triana y Lebrija, de tradición alfarera, Lebrija y Triana conectadas por el río que desemboca en Sanlúcar. 

El Señor de las Penas de la Hermandad de la Estrella es el único de esta iconografía que procesiona; pero en muchas iglesias de Triana hay un Señor de la Humildad. El mismo que encontrareis sobre las cómodas de muchas lebrijanas mayores, de Frasquita Becerra o de Petra, con sus 104 años. Ambas saben de mi devoción secreta al Señor de la Humildad.

Humildad de un Cristo que nos denuncia el orgullo y que nos muestra su entrega. Se repartieron hasta su túnica, y se quedó sin nada, como vino al mundo, sin nada, ni techo, ni cuna, ni nuestro calor.

    Por eso la Hermandad de la Humildad tiene contrastes, como sus túnicas: Una Virgen de la Victoria,  Reina y Señora por su elegancia, y un Cristo despojado que contrasta por su mirada baja a la espera de ser crucificado… 

La gubia le hizo de cedro
con la mirada perdida.
Con la cabeza apoyada
después de muchas caídas.

De espinas ya coronado;
tres veces le negó Pedro
y el gallo cantó enseguida
como estaba ya anunciado

Mi Cristo de la Humildad,
mi soberano Señor, 
qué difícil entender
siendo tú tan poderoso
que perdones la arrogancia
de nuestra forma de ser.     

Qué difícil comprender
en nuestra pobre cabeza
que seas tú el castigado
y nosotros, los malvados,
que aplicamos tu condena,
los grandes beneficiados.

Qué fácil para Abascal 
plasmar tan bello pasaje
que no era fácil cambiar
a un cristo con historial
por la talla sin linaje
y que luzca celestial. 

     Pero el gran tesoro de esta Hermandad querida, primera que me adoptó a mi llegada a Lebrija, es su grupo de jóvenes, muchos de ellos ya en su Junta de Gobierno, entre los que se encuentran grandes amigos míos. Su creatividad y celo son un referente para el resto de jóvenes cofrades. Todos ellos encuentran en la Virgen de la Victoria el cariño de la Madre que quiere que todos sus hijos encuentren el buen camino.

¡Qué majestuosidad de palio, qué caídas en su manto, qué delicado el rostrillo! Se notan  las manos de su amado hijo, mi amigo Agustín, antecesor mío en esta cátedra que se me ofrece hoy. Va por ti mi canto de amor a tu devoción profunda.

Mi Virgen de la Victoria,        
Señorita de Lebrija,
que a todos vas enseñando
Tu buen hacer como hija: (Mejor un ‘pie quebrado’ que repetir)

Como hija de Dios Padre,
como Esposa del Paráclito,
como Madre de Dios Hijo,
Amor de los lebrijanos.

En tu taller de bordados
manos de  hijo preferido
que te viste, que te canta,
que te reza pregonando
 y en su Semana Mayor.
¡Cómo sales en su paso! 

¡Qué elegancia, Madre mía,
en el andar de tu palio;
qué finura nos regalas
 en cada Miércoles Santo!
¡Cuánto amor en tu rostrillo;
cuánto rezo en tus bordados!

Mi Virgen de la Victoria,
Madre de los lebrijanos,
Señorita de mi pueblo,
Mete a mi amigo en tu manto.

Vaya mi más rendido homenaje en este Pregón, testamento de mi cariño, a las señoritas de Lebrija. Ellas han desgastado su vida educando en valores, lo que, unido a su fe, las han convertido en testimonio de referencia en nuestro pueblo. Me refiero a la señorita Maruja y la señorita Castillo, la una, misionera en La Señuela; la otra, leyenda en el colegio “Ignacio Alcón” y en mi querida Parroquia de la Oliva: la hija de Juanito “el sacristán”. Las dos, bastiones infranqueables de mi pastoreo en las parroquias de nuestro pueblo.

¡Qué difícil resulta acoplarse a unos tiempos tan rápidos en sus cambios! ¡qué pocos frutos se recogen a veces de una labor educadora que tantos esfuerzos y tanto tesón supone! ¡Qué pronto se nos olvida el ayer de tantos que tanto tiempo han dedicado por nosotros!
La educación necesita volver a su origen, que no consiste sólo en informar, sino en capacitar a las personas, en dotarlas de un pensamiento propio y libre frente a manipulaciones interesadas, capaz de pensar lo correcto y sus consecuencias frente a la historia propia y la de los demás.

Esa formación es la que nuestras señoritas de Lebrija quisieron inculcar en su trabajo. Ellas, han quedado junto a la señorita Aurora, y Paca de Anselmo a tomar café en casa de su amiga Castillo Bellido, en la calle Cataño, para ver salir de la vecina Capilla de la Aurora a la Virgen de la Victoria, la Señorita de la Plaza, que cada Miércoles Santo llena de elegancia en su andar nuestra Patria de Nebrija, que tan bien retratara en su obra D. José Bellido Ahumada.

De la risa y de la pena
sembró Dios una vasija
y la adornó con memoria;
y era una tierra tan buena
esta tierra de Lebrija
que apareció la Victoria.



MEMORIAL


En el Jueves Santo, el pregonero pasa del recuerdo al memorial; y es que nuestra Semana Santa es tan rica que, mientras nuestras hermandades van creando por las calles en estos días un ambiente de Pasión, los Sagrados Misterios que celebramos vuelven a acontecer en el Triduo Pascual.

Hacer memoria en la celebración de la Iglesia, tal y como hemos heredado de la tradición semita, no consiste sólo en recordar, sino en traer al presente, con la ayuda del Espíritu y la fuerza de la Palabra, aquello que celebramos porque acontece.

Sí, lo habéis  escuchado bien: Jesús de Nazaret vuelve a instituir la Eucaristía en la Celebración de la Última Cena; vuelve a vivir su agonía en Getsemaní, a la que los cristianos nos unimos rezando la Hora Santa; y vuelve a sufrir su Pasión en esa noche larga y trágica, Y todo eso, por ti y por mí.

Ese es el memorial que celebramos en la Iglesia cada Semana Santa. Desde el Jueves, día del Amor Fraterno, conviven el pasado y el presente en nuestros templos.   Es día de unir con la entrega del Señor nuestro compromiso con el mundo.
 
Ese día,  la Virgen de la Estrella, desde su paso, en el templo, con el moco de la cera gastada, llora y ofrece al Señor Eucaristía lo que guarda todo el año en su corazón.

Al entrar en La Oliva a visitar el Monumento,  con tan sólo mirar a la izquierda, reluce como  lucero navideño la Virgen de la Estrella, tan alegre, tan llena de esperanza, acompañando a su Hijo que ya entró en Jerusalén. Azul intenso es su manto. Azul como el cielo de los portalitos de belén que pegábamos con texafilm en los salones de nuestra casa; azul como el  caer  de una  tarde de  Domingo de Ramos de regreso a la Parroquia; azul como  manto regio que cubre su pureza virginal. Mirando a ese  lado al entrar en la Parroquia, todo se pinta de azul.

-Me cuentan, Madre, que entraste por la puerta estrecha, que te costó ir haciéndote un sitio digno, una posada;  llegué contento a tu casa, buscándote el mejor lugar, donde lucir tu realeza, tu poderío, tu altar. El zócalo de La Oliva, revestido de azul pavo iba a ser tu retablo, y con una buena iluminación ibas a irradiar mejor la luz de que recibes de tu Hijo. Te vi, te miré, y me hablaste. Y qué lección de entrega y sabiduría en ese coloquio. Me diste las gracias por mi empeño, por mi ilusión de buscarte un altar donde lucir tu manto.

 Me dijiste que ya estabas presidiendo el mejor sitio, un lugar donde hacia falta una estrella, donde hacía falta tu fuerza y la de Aquél que tú has engendrado. En el salón de una casa, la casa de tu camarera. Allí encontraste tu morada, donde se pasaban noches y noches necesitando tu mirada. ¡Cómo has llenado los silencios! ¡Cómo estás dando fuerza, e inspirando de dónde  sacarla!

Madre de la Estrella, madre nuestra, gracias por tu entrega humilde, por buscar, como  lugar más digno, el de la casa de tu camarera. Intercede por ella y mantén en nosotros el rayo de la esperanza.

Esto ofreces a tu Hijo, el dolor de tu confidente, pero no sólo eso, que por Mayo llenas tu corazón de intenciones en el Asilo; son los ruegos de nuestros abuelos que siguen pidiendo por sus hijos.

Madre de la Estrella, virgen niña, que pasas las horas adorando al Señor en la Eucaristía, sales de mi parroquia buscando a quien consolar y vienes hoy al Monumento a ponerlo ante el altar. ¡Qué lección de entrega, Madre, qué humilde, siendo la Estrella!

Como esta querida Hermandad, los cofrades de Lebrija reparten su caridad en desayunos, meriendas, y villancicos navideños con los abuelos del Asilo. Toda una labor de años de quienes regentan esta bendita casa. Toda una labor de quién se dejó el pellejo por mejorarla. Ella ha sido mi madre, mi confidente, mi amiga. Vaya mi mayor cariño por una personalidad de la Lebrija reciente. En la noche del Jueves Santo, ante un sencillo monumento a las puertas del Asilo de San Andrés, una oración desde lejos, querida amiga Sor Reyes; por quien se dejó el pellejo.

Necesitamos en Lebrija testigos de caridad. Las hermandades tienen que centrar su acción durante todo el año en su compromiso con los más desfavorecidos, para poder cada Jueves Santo unir sus esfuerzos  a la Pasión del Señor.

De lo contrario, ¿qué sentido tiene el gesto del lavatorio de los pies que celebramos? Es nuestro servicio a los demás, el ponerse de rodillas remangados, lo que llena de contenido este día del Amor Fraterno, como hizo Jesús  con sus discípulos.

Y este día del servicio en la Iglesia es el día sacerdotal por excelencia. Desde primeras horas de la mañana empiezo a recibir mensajes de compañeros felicitándome por mi ministerio. Mensajes que son correspondidos con el mismo sentimiento hacia ellos. Cada Jueves Santo, el sacerdote refresca su llamada, el momento de su ordenación, la primera misa que presidió, su primera parroquia: su primer amor.

Mi vocación sacerdotal nace de la Eucaristía, celebrada, adorada y puesta en práctica, haciéndome buen pan, en medio de mis limitaciones, para darme en alimento por los hermanos. Así lo vivo y desde ahí fui llamado, desde el servicio a los demás.

Fue una noche lluviosa, como las que hemos tenido este invierno. Salía con un grupo de amigos, como cada domingo a dar café a aquellos que dormían a la intemperie. Esta vez me tocó pasar por la Macarena. En los  jardines del antiguo Hospital de las Cinco Llagas, hoy Parlamento Andaluz, había entre los matorrales  chabolas construidas con plásticos donde maldormían los gorrillas de la zona. Uno de ellos se llamaba Jerónimo y era el más agradecido cuando lo visitábamos. Esa noche tuvo una premonición.
- Adrián, tu vas a ser cura.

Jamás me había identificado ante él como cristiano. De hecho, la chica que me acompañaba no era ni siquiera creyente.
-Eso se lo dirás a muchos -le respondí.
-Mira- me replicó- por aquí pasan muchos amigos tuyos, y otros que tú no conoces, para mostrar con nosotros su buena voluntad. Pero en ninguno lo veo  tan claro como en ti. Tú vas a ser cura.

Cada Jueves Santo, cuando me postro a orar con el Señor, Él renueva mi vocación, poniendo en mi mente las palabras de Jerónimo. Y yo respondo al Señor aún sabiendo de mi debilidad.

-  Señor, jamás permitas que me separe de Ti.

    Y en mi oración apostólica,  siempre la misma intención:

- Conserva, Señor,  la vocación de quien hoy ha presentado al pregonero de su pueblo, orgulloso de su cura, aún sabiendo sus pecados. Hazle llega tu amor sacerdotal a través de toda la gente que lo quiere, de Lebrija, de Sevilla, de Paradas y de todo sitio por donde pase. Y es que el corazón de Andrés es corazón de pastor.

La tarde del Jueves Santo, el pueblo realiza su propio itinerario de visita a los Monumentos. Como un buen recorrido de  hermandad debe cumplir con todos. De San Francisco a Jesús, de allí a las Monjas, y después a las Hermanitas. Este año vuelven a poner monumento en La Caridad.

¡Qué delicadeza la de las monjas y hermanitas de Lebrija montando su Monumento! ¡Qué unción desprenden sus arquetas, qué buen olor de oración desprenden sus centros de flores!

 El corazón de nuestra Iglesia, que es la oración de nuestras hermanas, late con más intensidad cuando llega la Hora, la noche del Jueves Santo.

La Virgen del Castillo, como buena lebrijana, también se ha trazado su itinerario. Ella va a visitar otros sagrarios: los corazones de sus hijos que la esperan por su barrio. Ella que fue sagrario de su Hijo quiere enseñarnos a ser sagrario, a guardar el Cuerpo de Cristo en un cuerpo inmaculado.

Es la tarde del Señor y, en Lebrija, es tarde de la Patrona. Todas las lebrijanas mayores, que tanta fe le profesan, le cantan y le rezan mientras pasa por su puerta:

Dios te salve, Virgen Santa,
Reina del cielo y la tierra
Más hermosa que la luna
en negra noche serena,
y más luciente que el sol
cuando el mediodía llega,
aún más que los serafines,
y los arcángeles bella,
hija del Eterno Padre
entre todas predilecta,

Del Santo Espíritu esposa
Y del Hijo madre tierna,
Pura y sin mancha en el parto,
cual después y antes lo fueras,

Dios te salve, de Lebrija
Augusta Patrona excelsa,
Protectora de este pueblo
que te suplica intercedas
en las más crueles sequías,
o en las llovidas más fieras,
o en cualquier otro revés,
de angustia, dolor o pena.

Desde el Castillo en que moras
Siempre a tus pies nos contemplas
Do confiados y fervientes:
Su dicha de Ti se espera.
¡Madre mía del Castillo…!
¡Madre cariñosa y tierna,
A quien el bien de tus hijos
Siempre desveló y desvela!

Y cuando vaya a gozar
de mi Dios la gloria inmensa,
ese Dios, tu Hijo Divino,
me conceda su clemencia.
¡Madre Mía del Castillo,
por siempre bendita seas!

Al final de esta  tarde sacramental, la Hora Santa. El párroco ha regresado de la procesión del Castillo portando en su cuello la llave del Sagrario que un día le encomendara en custodia el Vicario en nombre del Arzobispo. Los turnos de vela organizados por la Sacramental ven el culmen de todo un año de adoración ante Su Divina Majestad cada tercer domingo de mes. La Semana Santa es reflejo de la constancia de todo un año alabando al Santísimo Sacramento del Altar.


MADRUGÁ FRANCISCANA


El Jueves Santo lebrijano es coronado por un Sermón, el único que nos queda de la Semana Santa de ayer. Ya cesaron los tambores y las cornetas del Castillo, que han dejado por las calles aires romanos para la sentencia.

El Via-Crucis cursillista, de crespón negro por aquella lebrijana de colores que se nos ha ido y ya disfruta de la Ultreya eterna, ha marcado el recorrido de la Via-sacra por la que Jesús Nazareno va a pasar con la Cruz a cuestas.

Pasa Jesús Nazareno.

Son las tres de la madrugada; la Plazoleta  Manuela Muruve y la Silera entera se han oscurecido, tan solo el reflejo de las numerosas tulipas del paso iluminan la casa de los Cortínez. Todo esta oscuro y todo está en silencio.

Pasa Jesús Nazareno

De la ventana del Asilo suena el esperado sermón, al cante Montaraz, dando sones lebrijanos a  la sentencia del Señor. Nosotros, Jesús Nazareno, también te hemos sentenciado. En el compás de San Francisco ya no cabe un alfiler.

Pasa Jesús Nazareno

Todo el pueblo se asoma al paso de su Señor, todos se compadecen del peso de la arbórea Cruz, todos quieren ser, de momento, tu cirineo; todos, también yo.

Quiero ser tu Cirineo,
Señor de la Madrugáda.         
Quiero vivir el silencio
de aquél que te va ayudando
cargando con el madero
en un papel secundario

Ese es el papel de nuestra Iglesia:

Cirinea porque ayuda a cargar la Cruz de aquéllos que ven castigada su vida con una enfermedad, una pérdida, o una desgracia.

Secundaria, pues es Cristo el que debe resplandecer. ¿Quién se fija en el cirineo que ayuda a Jesús Nazareno cada madrugada?

En cada hermano que sufre debemos reconocer la misma Pasión de Cristo, y como buenos cristianos debemos socorrerlo con la misma diligencia que el cirineo que cargó con la cruz del Señor.

¡Cuántos costaleros que cargan con su Señor pasan de largo ante las cargas ajenas! Cargar con el Nazareno y con su Madre bendita es cargar con el pecado del hombre y llevarlo hasta el Calvario para que allí quede clavado y sólo Dios lo redima.

La  mañana se va abriendo paso y la Plazoleta acoge la recogida. Vienen los negros, cansados, de la calle de la Amargura en que se ha vuelto Lebrija. La Madre de los Dolores, después de una madrugada, vuelve a su casa y convento; su corazón traspasado nos ha dejado a nosotros con el alma atravesada.

La Virgen de los Dolores,
Reina de la Madrugada.

La Virgen llena de angustia
por la pena traspasada,
tan triste con sus dolores.
pero tan llena de gracia,
ha salido a recorrer,
en la noche más sagrada,
las calles de su Lebrija
que la quiere y que la ama,
que contempla su dolor
y no reprime sus ansias
por consolar su tristeza,
su pena de sal amarga.

La Virgen de los Dolores,
Señora en la Madrugada.

Viene desde  San Francisco
por calles abarrotadas,
en el trono de su paso,
con sus varales de plata,
con rico manto bordado,
con las flores en sus jarras,
con luz de cirios que alumbran
en sus mejillas las lágrimas,
y desde el cielo la luna,
con mil estrellas de plata,
que hacen palio que cobije
todo el dolor de su cara.

La Virgen de los Dolores,
Señora en la Madrugada. 

Va recorriendo despacio
cada calle, cada plaza,
reflejando su dolor
en la cal de las fachadas
y consolando las penas
al pasar por cada casa,
mitigando los dolores
de sus gentes cuando pasa
y dejando tras de sí
una estela de bonanza,
que no hay pena cual su pena
ni amargura tan amarga.

La Virgen de los Dolores,
pasa por la madrugada.

Naranjos de la Silera,
la Corredera y la Plaza
se han hecho flor de azahar.
que en aroma transformada
vaya perfumando el aire
que la envuelve y la acompaña
porque hasta su faz doliente
llegue su dulce fragancia
a los dos pétalos suaves
de sus mejillas rosadas
les deje el beso de amor
con que su pueblo la ama.

La Virgen de los Dolores
Se aleja en la madrugada.

En su regreso la busca
la primera luz del alba
Que al llegar a San Francisco
al despuntar la mañana
el primer rayo de sol
bese su faz demacrada
y le arranque una sonrisa
mientras una voz le canta
la mejor de las saetas
en oración transformada
que convierta sus dolores
en la gloria de su gracia.

La Virgen de los Dolores,
la Reina más angustiada,
es un regalo del cielo
cuando por Lebrija pasa.

 
EL AMOR CRUCIFICADO

Es Viernes Santo; hoy muere el Señor.

Desde muy temprano, los más pequeños de la casa se han levantado para ver, por el video comunitario, la recogida de Los Dolores.

La mañana del Viernes Santo es lugar teológico en nuestra Lebrija: Dios se muestra en las tradiciones de muchas familias blanquillas. Las abuelas y las madres lo han dejado todo dispuesto en los salones de las casas: las túnicas, colgadas en alcayatas de retratos descolgados para la ocasión,  las capas, los antifaces, los guantes…

Es mañana de desayunos. En Lebrija hasta los desayunos son típicos: Los de San Benito, los últimos domingos de mes, con la manteca de Benito;  los días de Cruces, las tortas con aceite;  y el Viernes Santo, los rosquetes  que sobraron de la noche antes de la salida. 
 
Todos se van agrupando en la casa madre, para salir en estirpe; pandillas de nazarenos de diferente estatura bajan por Ave María camino del Barrio Nuevo. El más bajito, Eugenio Dorantes hijo, que un día ocupará esta tribuna.

Del negro de la noche al celeste de los blancos. Sí, al celeste, aunque es celeste, en Lebrija, el Viernes Santo, se llama blanco.

En este día toda la Cristiandad se pone en torno a la Cruz, la adora. Seguimos a Jesús, a Jesús Crucificado. Bien es cierto que ya no todos se sienten cristianos, pero tampoco podemos negar que nuestra cultura tiene la impronta de la Cruz.

 Sería un absurdo en nuestra Lebrija quitar de lugares públicos la cruz.  Tendría que desaparecer del Mantillo, o del Rincón;  huérfano quedaría el Barrio Nuevo; sola, la calle Porritas, o la esquina de los Cuatro Cantillos. Y es que hay discursos que el pueblo sencillo no entiende.

¡Qué importante es que en nuestra vida esté presente la Cruz! No por puro masoquismo sino, como diría Santa Ángela, porque nos enseña que el camino de subida es la bajada; y, al que baja, Dios lo sube.

La Cruz la forman dos maderos, uno ve la tierra y el otro mira al cielo, uno es de los hombres, el otro es de Dios. Vivir la lógica de la Cruz nos ofrece esa doble perspectiva: apoyado en la tierra y mirando al cielo, uno es capaz de abrazar cualquier miseria humana, y abrazarla con amor: Es la vida de las Hermanitas, de nuestras queridas Hijas de la Caridad o las del Verbo Encarnado; es la lógica de Cáritas; la que intentamos seguir en las parroquias.

Y en los maderos, clavado, aparece, en el dintel, el amor crucificado.


En Lebrija es verdadero
hasta el cantar popular
evocado por  Machado:       
que, ejerciendo de andaluz,
llegada la primavera
hay que  subir a tu cruz
y bajarte del madero
donde te encuentras clavado,
Cristo de la Vera Cruz.

Es la entrega hasta el extremo de dar la propia vida, la propia sangre, el último aliento;  por amor.

- Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Vera-Cruz redimiste al mundo.

    Un legado hermoso tiene la Hermandad de la Vera Cruz en la devoción de sus hermanos a su Virgen de Consolación. María no deja de ser el hilo frágil que pervive entre tantas dudas que en nuestra fe se producen.
   
    En esta hermandad se le ha dado un sentido especial al rezo del Santo Rosario, con una mayor profundidad a los Misterios de Dolor. Es hermosa la labor de esta hermandad en esta bendita práctica que reúne cada día a las mujeres mayores del barrio. El pregonero desea resaltarlo tanto como la belleza de su paso por la Cruz del Barrio Nuevo y la expresión de su cara serena, como si ya entreviese la Resurrección.


Blanco paso, blanco palio,
luz que traspasa la malla
y, entre la nube de incienso,
deja entrever esa cara
de alegría  y sufrimiento.
 
Y es entonces cuando pienso
y cuando mi voz se calla
y mi sentido se aclara
y surge este pensamiento: 

Que tu mirada serena
llene el Viernes de esperanza
Donde la vista no alcanza
La  alegría sin la pena.

Me inundaste el  corazón
y te he sentido muy dentro
y he escuchado tu lamento 
Madre de Consolación.




 LA VELACIÓN

    Los que me conocen saben que lo  que guardo más fresco en mi memoria cuando la imaginación me lleva a nuestra Semana Santa es la Velación de Cristo Yacente. Es el gran tesoro de la religiosidad popular de Lebrija.

    Tras la procesión del Santo Entierro, todo el mundo se sumerge en un acto más propio del barroco dieciochesco que de nuestros días. La que fuera Puerta de Jerusalén en Domingo de Ramos se convierte en losa que sella el Sepulcro del Señor desclavado, y los naranjos del patio custodian la tumba de aquél que muere por nosotros.

    Cantos corales de Réquiem rompen la mudez de un pueblo que vela a Jesucristo muerto. La liturgia manda no tañer las campanas hasta la noche de Resurrección:

- Ni siquiera la torre te puede llorar compungida; así de austero moriste, Señor del Santo Sepulcro.

    Es un acto de pura adoración. Para muchos supone  un momento de reflexión, sobre la vida, sobre la muerte, sobre Dios. Aquí aparentemente yace todo su Gran Poder;¡Qué gran lección para los que nos sentimos todopoderosos, grandes, inmarcesibles, ver a Cristo muerto como uno de los nuestros! Eso sí, rodeado de su pueblo; el mismo que lo crucificó.

    Turnos de vela se suceden, para acompañar el cuerpo inerte del Señor. El ya no está entre nosotros; el Monumento ha quedado vacío. Ha descendido al lugar de los muertos.

Viernes Santo, el único día del año que estamos, en apariencia,  sin Dios.

    Sola ha quedado María, y en su Soledad: la pena de una madre, como la de tantas que perdieron a sus hijos en el momento cumbre de su vida, cuando más podían dar al mundo. Lo mismo vivió la Virgen, por eso ella sabe mejor que nadie lo que duele ese dolor.

    Terminando ya la noche, los nazarenos de hábito franciscano, alentados por mi querido amigo Pepe, forman filas en la crujía de la Parroquia.

    Es el cartel soñado de la Semana Mayor: nazarenos en la crujía; con el templo apagado salvo el retablo mayor y el resplandor de La Oliva, que les da la bendición antes de abandonar su casa.

    A los sones de Amargura, entonados por la magnífica coral  roteña, la Virgen se va sola entre sombras de su pueblo.

La Virgen  va recubriendo
Lebrija de velo negro,
hay luto por el Señor,
guardemos, mejor, silencio.

Termina la Semana Santa
El niño vuelve a sus sueños
La Soledad le acompaña:
que no cese en su empeño.

Es de noche, no aparece Dios, pero nos queda el sueño.

    Sueño con una Semana Santa que vuelva a ser Domingo de Ramos y las filas de nazarenos de la Borriquita vengan llenas de gente de su nuevo barrio, allá por Huerta Macenas. Con los bordados de su nuevo palio que han realizado en su taller  hombres y mujeres necesitados que han encontrado un quehacer con motivo de estrenarlo.

    Sueño con que la Virgen del Castillo ha modificado su itinerario para pasar por mi casa y poder bendecir en los bajos el proyecto de caridad que dé sentido a su anhelada Coronación. Y que en mis balcones rocen los cinco  varales de su palio bordado y que el Señor atado a la columna estrene un nuevo soldado.

    Sueño, no, más bien recuerdo, al Cristo de la Vera-Cruz sobre su antiguo paso  y a la Virgen de Consolación con manto negro bordado.

    Pero como diría Calderón: “Los sueños, sueños son”.

La Soledad se ha encerrado, la Plaza queda callada, es momento de que la memoria eche el cerrojo a lo vivido para que no se escape de la mente y el corazón.

¡Qué difícil pregonar
cada paso de Lebrija! 
Cristo se nos multiplica. 
La  Virgen se hace llamar 
con mil nombres. El extraño
no se explica lo que esconden:
Santa María es… la Oliva.

De ahí sale Jesús en gloria,
sobre una pobre burrita
que hasta parece de barro.
Él humilde, en su victoria,
Señor de la Borriquita: 
cual lo imaginó Miñarro.

Tras Él, la imagen, tan bella, 
 a la que llaman la Estrella.

Martes: Jesús  sale, orante,
de su Iglesia mendicante.
Sufre: está echada su suerte.
Cristo de la Buena Muerte.
 
El Miércoles, en la Aurora,  
de espinas  va  Coronado.
Un San Juan, acongojado,
que a Cristo Jesús adora
antecede a La Victoria.

Y desde Belén ya sale
el Gitano más hermoso; 
nos lo ha entregado María,
y Lebrija que lo sabe,
sin sentimientos de acoso,
le canta su bulería.

En la Ermita del Castillo,
el que da nombre a  su Virgen,
Cristo, a la columna atado:
Pronto entregará sus manos
a los clavos y al martillo.

Comienza  la Madrugada.
De San Francisco ha salido
un Nazareno, ayudado
del cirineo encorvado
que, sin poder…, ha podido.

La pena embarga a la madre
la Virgen de Los Dolores.
Sola, aunque  en retórica,
pues su pena la acompañan
el San Juan y la Verónica.

Y el Viernes Santo, y con luz,
Jesús de la Veracruz
de su sede ya ha salido
muy demacrada su tez
por tanto como ha sufrido.

Es muy dura su Pasión
y así lo entiende su madre,
Virgen de Consolación.


Jesús ha muerto. Lo velan.
en el patio de la Oliva.
Naranjos. El frío corta.  
Bajo los arcos de ojiva
Le cantan voces de Rota.

Por la calle Sánchez de Alva,
en regreso de la Oliva,
la Virgen viene del duelo.
La gente calla a su paso.
Pasa… sin  pisar el suelo;
sin casi estar en el paso.


La Soledad se encerró
En la  Iglesia de su amor.
En el ambiente… emoción. 
La gente viste de negro…
No hay que quedarse en lo externo.
Es mi última reflexión.

Propongo algo que quizás
alguno no admita en nada:
injertar esta experiencia
en nuestra Semana Santa:

Sobre cualquier tradición,
hay que resaltar la Pascua,
y vivir el día a día,
con Jesús, en los que Él ama.

- ¡Qué! ¿Ya no hay más procesión?
- Queda un consuelo: ¡levanta 
y conforta el corazón!:
tras esta Semana Santa,


mañana,  Resurrección.